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lunes, 4 de marzo de 2013

El canto de la caracola al viento



Ahora me estoy inclinando sobre tu rumor,
que tiene la dulzura triste y salobre
de un ángel parido por el mar;
dices que caminando por la sombra
llegaremos a tocar la pureza y blancura de la nieve;
que a espaldas del mar y con los ojos cerrados deseas beber,
porque tienes la sed del alegato del reloj.
Pero yo estoy temiendo tropezar,
pues mi canto escondido no es una escalera en el huerto de los hombres,
sólo es una copa en la que podrías depositar,
 trémulo,
 el agua desgarrada de un incrédulo y luminoso aleluya.
Sin embargo,
tu gloria invertida ¡Oh viento!
 será el segundo y el más luminoso de mis naufragios,
y sobreviviré,
como un singular milagro de la arena.
Nuestro tiempo es el intervalo delgado de la esperanza,
 antes que las horas se vuelvan diminutas
y valiosas como el diamante,
la resurrección de las algas fantasmas que de tanto crecer
no caben en mi interior,
el último día de la primavera,
sobre la nave de la naturaleza que declina,
pero que brilla y quema
sin la necesidad ya de florecer.

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