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miércoles, 4 de julio de 2012

Ariadna y el laberinto


Desde una esquina del mundo Ariadna hila su ovillo con hojas de otoño
sus manos atrapan la luz que muere en cada una de ellas,
las mezcla con objetos que viven en su interior:
ruedas, rieles, balcones brillantes, lagartos asustados
teje y desteje su ovillo como una larga plegaria.

Me consuela la voz del agua
es como un silencio poblado de voces de otro siglo
¿padre  por qué el cielo del desierto se incendia
quemando la coronilla del Minotauro?

Ariadna sabe y por eso no entra en el laberinto,
sabe que el minotauro es una avalancha de recuerdos
un mar de meteoros mentales que embisten a todo aquel
que penetra en él,
ella prefiere tirar de su hilito dorado,
recobrar cuando es debido el otro extremo,

Teseo busca un mar más azul que el cielo,
navega las aguas del laberinto, 
y yo te pregunto padre,
te interrogo bajo un cielo siempre distante
 y bordado de luces muertas:
¿a quién pertenece  y de donde ha venido la mano que corona?
¿Quién le  conduce a esta isla que es cómo un sueño blanco?
Él es un ojo que acecha el cristal.

Ariadna cree que la suerte es avara,
Se sienta en el balcón de su isla,
Se inventa luces, enciende todas las lámparas del desierto
Recupera su ovillo y lo vuelve a perder,
Hace de la memoria del laberinto una montaña de cenizas.

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