Estrellas
fijas en un cielo congelado.
Cerramos los ojos.
Pasaron
cien años.
La maquinaria del tiempo
diseñó perfectamente su ficción.
Al séptimo día, te levantaste
con la resaca del reloj
y su infatigable sucesión.
Atravesamos la ciudad;
sin embargo, ella era el desierto.
La arena se pegó en la capa
más profunda de mi corazón.
¡Qué frágiles son los afectos!, hijos pródigos:
¿Cuándo aprenderán su lección?
A esta ciudad le han crecido murallas.
No puede con tanta revelación.
—Yo he visto su cara en otro lugar, señorita
—me dijiste en un sueño extraño—,
y disparaste una bala de plata en
mi corazón.
Hijos pródigos,
todos esos tristes hábitos,
¿han vaciado vuestro corazón?
—Bienvenidos al infierno.
¿Cuándo aprenderán su lección?
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