«Huyen de mí
quienes alguna vez me buscaban,
con los pies desnudos, acechando en mi alcoba».
—Thomas Wyatt (1503–1542)
Cuerpos al servicio del deseo.
Al inicio fuiste sólido
y atento como la roca
que Sísifo empujó.
Pobrecito, ¿qué dios
caprichoso tu corazón secuestró?
Entre nosotros
hay una máquina que fabrica el silencio.
¿Fuiste tú quien encendió el botón?
Huyen de mí todos tus fantasmas.
No les temo.
Sólo se enfría mi corazón.
¿Para alguno de ellos habrá redención?
¿Deja de existir el mar cuando le das la espalda?
¿Podrás huir del dolor?
Modales impecables,
caballeros con intenciones
modeladas por un pálido sol.
Merecéis aquello que ofrecéis con
tanta devoción.
Desechable es la memoria.
¿También el tacto de una magnética flor?
¿Qué harán con todas esas
muñecas espectrales escondidas
bajo el colchón?
Fantasmas,
marionetas de la noche,
¿Quién mueve vuestros hilos invisibles?
¿De qué materia está hecho vuestro corazón?
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