Una alfombra de sueños
en el bosque de bambú,
tus pies le hacen confidencias
a los suspiros que brotan del cielo azul.
La luz es un velo de bambú,
una llama antigua que cuelga
de las hojas tristes del abedul.
Bajo la colina dormida,
las flautas soplan en el oído
de un dios hindú,
y el sol se desploma, furioso y azul…
¿Encenderás la lámpara
que encontraste en mi baúl?
El cielo se abre gracias a la mágica llave de la memoria,
y solidifica una lámina celeste sobre mi falda de tul…
La montaña cada vez se hace más lejana,
como si mi ojo rechazara la quietud.
Los árboles de durazno parecen decirme:
«La cruz está al sur;
no habrá sacrificio que modele tu virtud…»
Dormida, le hago una reverencia al bosque,
mientras las hojas del abedul caen, sin deseos de caer,
En el intervalo de dos estrellas,
la distancia fabrica mi espacio.
Yo, que soy pura extensión,
quisiera huir de ti
y encarnar al más bello de tus fantasmas.
Sin embargo, ¿es posible
despegar, como dos láminas,
nuestros brazos?
Correr,
dilatar el espacio.
En el borde de la noche,
mi corazón se oscurece
y fabrica nuestro tiempo despacio…
El tacto suave,
el ruido de las olas sobre mi piel,
la lejanía del puerto
obligándonos a avanzar,
cuando lo único que querríamos
es olvidar, olvidar, olvidar…
¿Cuál es tu orilla?
¿Huyes de la distancia
que existe entre la luna
y mis palabras
o huyes del espejo de la soledad?
Es una emoción privada,
como una isla,
rodeada de agua y sal;
me obliga a hundirme
en mi propio mar…
¿Eras tú?
¿Fuiste tú quien, ocultando su rostro
tras un sombrero, sopló a mi oído
aquella noche, en un sueño blanco?
He de decirte que eres el pedestal
que sostiene las ruinas del tiempo,
y que, bajo las sombras
de todas las mujeres que he sido,
fluye el río de tus pasos.