Sus brazos fueron alas,
y un huevo, su corazón;
se elevó por tierras extrañas
y, en sueños, algo encontró…
Dibujó un
círculo con sus dedos
y, en sueños, la cola emplumada
se mordió:
querría salir de su huevo
y sobrevolar el estático teatro del mundo,
no tener humano corazón.
Si los
dioses este vuelo me deparan,
abriré mis alas salpicadas por el reloj.
No hay sucesión tras la ventana,
sólo la eternidad fabricada
en el laboratorio de un extraño señor.
¿Para qué caminar? —se preguntaba—.
¿Para qué simular el falso devenir con la razón?
E imaginaba su vuelo:
aire sobre aire,
en la mañana que nunca empieza
y que jamás tendrá fin en su corazón.