Cada día, al despertar,
os he llamado, Eros;
pero tú eres sordo,
impenetrable como una muralla.
En tu corazón de “dios” rencoroso
no hay paz.
¡Alza la tapa de mi corazón!
¡Colma con tus manos la noche
de espejos del mar!
¿Aún no te repones de tu ira,
de dios traicionado?
¿De qué te sirve el rencor?
¿De qué te proteges?
¿Quién te salvará?
Te quemé con mi lámpara,
pero ¡qué más da!
El amor es una lámpara que quema.
¡Las reglas se impusieron en tu altar!
Los dioses me imponen pruebas
en su furia celestial.
¡Oh, fortuna cruel y advenediza!
Clasifico estrellas muertas,
y el vellón de oro es una aguja
en este pajar de sal…
¿Qué más quieren de mí?
¿Queréis la belleza de Perséfone?
El infierno es una perspectiva
difícil de alcanzar…
Como una reina
me sentaré en el balcón del mar a esperar.
Y tú, Eros, ¿me llamas o me alejas?
¿Tu amor es de arena o de sal?
Sin embargo, oigo el rumor lejano
de tus pies en esta tierra baldía…
En mi balcón, severa como un ángel,
me encontrarás.
Pierde cuidado: no volveré a quemarte.
Te conozco; ya por ti no siento curiosidad.
Soy la búsqueda incesante del alma,
el fruto velado del amor y la verdad.