El polvo de sus dedos fue a pegarse
en las paredes frías de su corazón.
Con los ojos cerrados modeló los astros lejanos
y le puso rostro al silencio que de sí mismo brotó.
Pigmalión donó sus huesos
a la imagen que de su corazón nació:
Y yo os
digo, espectadores de la belleza,
las estatuas caen del cielo
directo a mis manos;
sobre el mármol palpita lo que mi alma
anheló.
Sobre su estatua se espejaron
ciudades pasadas y futuras;
ella es un reflejo de su corazón.
Ella era del glaciar
la más oscura flor…
El cielo lo esculpió un
hombre solitario.
¡Modela en mí los prodigios
de la carne,
Pigmalión!
Hombre y estatua,
¿quién creó a quién?
¿Quién fabricó este frío
en mi corazón?