Me sentaré en la orilla del río
a esperar que la luz de la luna
me cubra con su canto triste de ultramar…
Cubriré mi piel
con sus lágrimas de cristal.
Su luz avanza y reclama;
canta,
se quiebra
y me obliga a despertar.
Ella es el alter ego del primer mar
que miraron mis ojos,
ese espectro inabarcable
decorado por la claridad de la soledad.
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