En la noche interminable del desierto,
la corona de Ariadna se enciende.
Recuerdos gloriosos se desprenden de la arena
y ascienden hacia la luz.
Como toda extensión circular de la claridad,
el esplendor de la corona se busca a sí mismo…
Haz que brille un momento —dice Ariadna—.
Apoya tu cabeza en mis rodillas
y entremos en la resplandeciente oscuridad del desierto.
La noche no morirá esta noche.
El viento sinuoso y tibio
enlentecerá el paso de las arenas
en el recipiente del reloj.
Cruzando oscuros caminos,
ella entra en la caverna de los sueños
y se desprende de su hilo,
y del recuerdo del Minotauro
y su laberinto de sal.
El aliento del desierto
sale expulsado por la puerta cósmica,
en busca de nuevos presagios…
Puede sentir una mano alargada
de un amante que no puede ver:
dedos y palma, expulsados
desde sus mismas entrañas.
Esta mano invisible la corona.
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