martes, 17 de febrero de 2026

Eurídice (O el peso de lo inexorable)

 


Al menos tengo las flores de mí misma,
y mis pensamientos: no puede arrebatármelos
ningún dios;
tengo el fervor de mí misma como presencia
y mi propio espíritu como luz […].
Antes de que me pierda,
el infierno se abrirá como una rosa roja
para que pasen los muertos.

—H.D., Eurydice

El sueño fue oportuno, Orfeo.
Cerré los ojos y pude despertar;
abrí los ojos y vi la escena gris
del infierno y tu gran decepción.
Los pájaros pintados en la caverna
oscura del averno escupieron
el infierno sobre mí.

Orfeo, no regresaré.
Llora por mí, y que te devoren las Ménades:
no habrá retorno para mí.
Haré de esta oscuridad mi morada
y de mi pensamiento, el porvenir…

Vuelve la mirada, Orfeo,
y mírame directo a los ojos,
¿Podrás esquivar las sombras
que mi rostro te han de ocultar?
El infierno es una rosa que se abre
y clava sus espinas en el devenir.

No habrá muerto que recuerde nuestros nombres.
Seré el barco que se pierde en la niebla
y que ya no verás venir.
Orfeo, tu voz se aleja,
me es extraña.
Solté tu mano antes del infierno.
El día y la noche le son indiferentes 
a todos estos muertos.
Escribe esto en el libro del universo:
El infierno es el fin.

 

 


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