Señorita Emily Brontë,
desde su cama,
usted vigila las sombras
que brotan del espejo.
Sabe bien que la luz
que buscan sus fantasmas
no regresará;
sólo ha de retornar la difusa oscuridad
de la historia que ya nadie escribirá.
Heathcliff y Catherine hojean las páginas
de un peligroso abismo.
No, no hay amor eterno:
sólo existe el crepúsculo
deshojándose en el trapecio
del tiempo.
El viento golpea sus pensamientos
mientras usted intenta huir
de sus espectros literarios.
El cielo se apaga
para que las estrellas se enciendan
en la noche que crean sus manos.
Cumbres Borrascosas se cansó de representar
la pulida tragedia de un amor impreso.
Heathcliff apenas es un títere en manos
de su dios gitano.
No, no hay amor eterno:
la trama del reloj deshace
los vínculos celestes.
Desde su interior avanza el viento
y muere cansado en las cumbres.
El carruaje de las horas se aleja,
llevando un oscuro personaje
que sueña con una morada.
¿Lector, acaso eres tú?
Tú piensas:
el mundo termina y comienza
en esta historia extraña…
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