Lo miré apenada.
Él entendió que mi herida
es la propia espada
y que la daga es mi corazón…
Su mirada me resultó tan larga,
y tan concentrado su calor…
Cosas incurables,
le dije sin decirle.
Sus ojos me dieron la razón…
Mi tristeza era agradable,
tan natural mi estampa
y su color…
Me estremecieron sus manos
y la sombra de su corazón.
—¿Qué dejan las mareas de los años? —le dije.
—Se diría que el diablo todo se lo llevó —respondió.
Mi silencio es una flor detrás de su roca.
Él es la noche sin mañana,
la sombra inabarcable…
El lado oscuro de mi corazón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario