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miércoles, 2 de abril de 2014

Ivan Karamazov

René Magritte

De si Dios existe,
de si el alma es inmortal,
de eso hablaba Ivan Karamazov
mirando la ventana sucia de su soledad;
las paralelas las divisó dando la espalda al reloj de su infancia,
y desde lejos tuvo que admitir que los sueños
no dejarían de unir sus extremos.
Iván Karamazov llamó al demonio desde el tejado
rodeado de espejos que reproducían sus pasos.
Él escondió la corona y los clavos bajo la nieve de Moscú
 y apagó el cielo para detener el largo viaje de la eternidad.

Iván Karamazov lleva el peso del mar en sus hombros,
tira la moneda de la incredulidad bajo los pilares de la tierra,
¿cielo o infierno?
¿la arena o la molécula de luz?
Y la moneda siempre muestra la cara taciturna de un falso pecado.
Iván Karamazov, ¿viste al infinito lamiendo tus desgracias??
¿escuchaste reír de incredulidad a tus flores despiadadas?
De si el hombre es el espejo del averno,
de si dios es el falso reflejo de su piedad,
de eso hablaba Iván Karamazov azucarando
con álgebra su café;
 de eso hablaba, dándole la espalda al ocaso,
Cuidándose de no revelar aquel sueño recurrente,
el sueño del niño corriendo en el campo de los siglos,
Liberado de la nieve y su silencio blanco.

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