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domingo, 17 de marzo de 2013

El sueño de Ivan Karamazov



De si Dios existe,
de si el alma es inmortal,
de eso hablaba Ivan Karamazov
mirando la ventana sucia de su soledad;
las paralelas las divisó dando la espalda al reloj de su infancia,
y desde lejos tuvo que admitir que los sueños
no dejarían de unir sus extremos.
Iván Karamazov llamó al demonio desde el tejado
desde el cielo de los perros que ladraban.
Él escondió la corona y los clavos bajo la nieve de Moscú.
Él dibujó el  cielo vacío y el infierno lo congeló.
Iván Karamazov lleva el peso del mar en sus hombros,
tira la moneda de la incredulidad bajo los pilares de la tierra,
¿cielo o infierno?
¿la arena o la molécula de luz?
Y siempre la moneda muestra la cara de un falso pecado.
Iván Karamazov, ¿viste la bengala aplaudiendo al cielo?
¿escuchaste reír de incredulidad a tus flores despiadadas?
De si el hombre era el espejo del averno,
de si dios era el falso reflejo de su piedad,
de eso hablaba Iván Karamazov azucarando
con álgebra su café;
 de eso hablaba al lado del ocaso,
cuidándose de no revelar aquel sueño recurrente,
el sueño del niño corriendo en el campo de los siglos,
liberado de la nieve y el temor.

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